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El Prado, mejor con niños
Maribel Orgaz,
periodista especializada en Ocio Familiar
Autora de Las Estaciones de los niños,
Ed.
Sibloc. Madrid, 2004
En una entrevista reciente me preguntaron cómo
se abordaba una visita al Prado con los niños.
¿Se puede ir
al Prado con niños? Estos niños a los
que se referían son nuestros propios hijos,
claro, y sólo el hecho de cuestionarse si pueden
acompañarnos o no en nuestros momentos de ocio
me entristece.
“Es mejor ir con niños”,
respondí con mi mejor sonrisa. Intentaré explicar
porqué.
En el Museo del Prado hay, más o menos, 2.500
cuadros
y visitarlos con nuestros hijos nos va ayudar en
primer lugar, a desechar la idea de dar un paseo
aunque sea como vistazo general a esta inmensa
pinacoteca. Podemos imaginar lo que va a ocurrir,
se van a cansar, van a correr por los pasillos y
van a preguntarnos insistentes y suplicantes
mientras nos tiran de la mano,
“¿cuándo nos
vamos?” Así que, primera ventaja, nos
van a hacer desistir de abordar lo inabordable,
que es un museo, este y cualquier otro, en una
sola visita.
Con
sólo eso, nuestros hijos nos han ayudado a mejorar
la calidad de nuestra visita, que se va a
beneficiar de una mejor atención que la del
vistazo general al que se ven obligados centenares
de turistas a los que las agencias sueltan en el
Museo del Prado y que no tienen oportunidad de
admirar las obras con tiempo suficiente.
En segundo lugar,
si desechamos la idea de darnos una vuelta de
paseantes, habrá que elegir algún cuadro, una
época, una escuela. Porque ya que nuestros hijos
nos ayudan a recuperar el sentido común, éste nos
dice que deberíamos decidir qué vamos a contemplar
en nuestra visita y si es posible, haberlo
decidido en casa. Quizá entremos en Internet o nos
acerquemos a la biblioteca municipal o si nuestros
hijos están en edad escolar, incluso se nos ocurra
preguntar a su profesor de plástica o de
“Cono”
(Conocimiento del Medio) qué podemos ir a ver.
Así
que, no sólo vamos a visitar el Prado sino que
además vamos a dedicarle en casa, junto a nuestro
hijo, quizá una o dos horas a buscar y luego
repasar el material que hemos encontrado sobre
nuestro Museo, a fin de decidirnos por un pintor
o, mejor aún, por una de sus obras. Puede ser que
por este sencillo hecho, pisemos por primera vez
la biblioteca donde vivimos o hayamos charlado un
rato con el profesor de nuestro hijo.
Hasta
puede ser que cambie nuestra opinión de Internet,
que en lugar de ser un nido de delincuentes, se
revela como una herramienta utilísima de consulta.
Y lo que es más importante, eligiendo el cuadro
hemos contado con la opinión de nuestro hijo, que
apunta con su dedo gordezuelo uno de entre todos
los que le mostramos.
O, incluso, si es un poco más mayor, intentaremos
convencerle de que nuestra opción es mejor que la
que él propone y en este caso, como la familia es
el lugar por excelencia para armonizar
pacíficamente intereses personales en busca de un
bienestar común, decidimos ver los dos.
Supongamos que hemos optado por alguna obra de
Francisco de Goya, por aquello de que El Prado es
Velázquez y es Goya (y
mucho más, pero estábamos eligiendo y si uno
selecciona, hay que optar y cuando optamos, nos
vemos obligados a desechar otras oportunidades. Al
menos, por el momento).
Tenemos un pintor, tenemos un cuadro
(o dos para los que tienen hijos más mayorcitos) y
ahora, propongámonos hacer la visita un día del
fin de semana. ¡Oh,
vaya! El Museo del Prado recibe millones de
visitantes al año, miles de personas recorren sus
salas a diario. ¿Cuál es el mejor momento para ir?
¿En qué horario habrá menos gente? Nos
preguntamos inquietos. Además, hemos elegido a
¡Goya!, que es una estrella en el firmamento de la
pinacoteca. Una de las Mejores Pinacotecas del
Mundo Entero, como no se cansan de decirnos en
cualquier medio de comunicación.
Nuestros hijos nos ayudan de nuevo y nos facilitan
la tarea. Ellos no saben que ese lugar es el buque
insignia de la visita cultural a Madrid, ni saben
que forma parte de cualquier ruta turística de la
capital, de cualquier
touroperador que se precie. Ese día,
nuestros hijos hacen lo que hacen siempre,
madrugar, y algunos madrugan muchísimo. Así que,
nos sacudimos la pereza, nos levantamos con ellos,
desayunamos juntos y ponemos agua y galletas en
una mochila o un zumo y un poco de fruta, un
pequeño tentempié imprescindible para toda familia
excursionista que se precie.
Y nos
lanzamos a nuestra excursión. ¡Ah! Es domingo, aún
es temprano y Madrid está desierto, qué sorpresa.
Descubrimos una ciudad infinitamente más habitable
sólo por el hecho de suprimir centenares de coches
rodando por la calle.
Qué bonita está nuestra ciudad con menos tráfico y
menos ruido. Sólo ese detalle nos hace relajarnos,
es otra de las sensaciones agradables del día y
aún no hemos pisado el Museo.
Nuestros hijos nos han ayudado a contemplar una
cara nueva de nuestra ciudad. Madrid puede
mejorarse, quizá incluso alarguemos nuestra
reflexión hacia otros aspectos: la importancia de
fomentar el transporte público, de lograr un
entorno menos ruidoso, de descongestionar las
ciudades y cómo el tráfico rodado es un peligro
grave para que los niños de cierta edad, se muevan
de un lado a otro sin la compañía de los adultos.
Una vez que llegamos al Museo,
adquirimos nuestra entrada, y de nuevo empezamos a
percibir multitud de detalles que una visita de
adultos apenas tiene en cuenta: si llevamos a un
bebé en carrito, lo importante que es el acceso a
minusválidos y tanto con bebé como sin él, la
importancia de áreas de descanso dentro del Museo
para poder contemplar los cuadros con mayor
tranquilidad. En general, nos damos cuenta de lo
poco o nada que un Museo como éste está preparado
para recibir a familias con niños. Pero eso no nos
desanima, al contrario, estamos allí y merece la
pena. Para encontrar el cuadro que quisiéramos
ver solicitamos un plano, para localizar más
fácilmente nuestro “Goya” y, si tienen edad
suficiente, lo intentamos con la colaboración de
nuestros hijos. Es un juego delicioso para los
niños que incrementará su expectación.
En
resumen, una mezcla de esfuerzo y juego que
culminará en otra deliciosa sensación, contemplar
una obra de arte.
En
nuestra elección hemos optado por el cuadro “X”.
Refresquemos lo que hemos preparado en casa,
escuchemos a nuestros hijos y sus comentarios:
cómo se llaman los retratados, cómo visten, sus
peinados...
Disfrutemos de su curiosidad, intentemos contestar
sus preguntas. Disfrutemos todos juntos de este
momento y después, cuando creamos que ha sido
suficiente, salgamos, a los columpios que hay
cercanos, al Real Jardín Botánico que está al
lado, a disfrutar de un paseo entre árboles y
flores.
Es el
momento de tomar nuestro tentempié y terminar la
mañana con la grata sensación de haber contemplado
una hermosa obra, de haber enseñado a nuestros
hijos que hay un ocio activo y enriquecedor que es
divertido y estimulante. De haber disfrutado en
familia.
Sin exigir a nuestros hijos recordar nombres,
fechas o datos; sin afanes didácticos.
Estoy segura de que nuestros hijos
querrán volver y nosotros también
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