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Educación para el ocio
José Antonio Pérez-Rioja
http://usuarios2.arsystel.com/perez-rioja/
Ed, Palabra, 1992 |
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Ocio y
familia
Si el ocio es
lo que se halla en el oto lado, en la otra orilla
del conjunto de necesidades y obligaciones de la
vida cotidiana, cabe admitir también que el medio
familiar constituye un singular espacio
sociológico para el más pleno e íntimo desarrollo
de las actividades de ocio.
Por supuesto
que no todas las actividades, actitudes y
conductas familiares entran en el ocio, ni tampoco
todos los ocios tienen su marco en el ámbito
familiar.
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Pero, de otra parte, la vida familiar comporta
diversiones: juegos y algunas veces lecturas
compartidas, animadas tertulias tras de la comida
(siempre que no las rompa la televisión) en torno
a la merienda o a una taza de café, y a menudo en
viajes o en salidas al cine, al teatro, a
conciertos, museos, exposiciones, a un parque, con
miembros de la propia familia y sus amigos. |
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La familia
se nos aparece, en primer término, como
el medio en el que sus distintos
componentes, una vez cumplidas sus
tareas, se recuperan y descansan
cotidianamente: he ahí, por tanto, una
forma, la más elemental de todas, del
ocio reparador. |
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En todas
éstas y en otras diversas manifestaciones más, se
nos aparece una importante misión del ocio en el
orden afectivo: lo que Stoetzel, concretamente,
denomina la función psicoterapéutica o
socioterapéutica, esto es, la compensación
comunitaria familiar respecto a determinadas
necesidades de recuperación, diversión y
desarrollo.
Pese a sus
posibles e inevitables tensiones, el ambiente
familiar significa un dominio privilegiado para
las actividades compensatorias del supercivilizado
y desasosegado hombre de nuestros días.
En tal
aspecto, la familia ejerce sobre los ocios una
influencia particularmente feliz.
Aunque muchas
veces, si se abusa de ella, la televisión
interrumpe o anula el diálogo –elemento esencial e
indispensable de toda convivencia-, lo cierto es
que el ocio familiar de nuestro tiempo guarda
estrecha relación y se orienta cada vez más hacia
los “aparatos de distracción” –la radio, el
tocadiscos, el televisor, el video- integrados ya
en la propia distribución y amueblamiento de los
hogares.
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En 1954, el famoso arquitecto y urbanista Le
Corbusier ponía ya en primera línea las
necesidades domésticas de lo que él denominaba
“recuperación” y “cualificación”. |
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Así mismo,
los sociólogos del hábitat vienen dirigiendo su
atención al problema del ocio y advierten con ello
que la función llamada “recuperación” en el hogar
moderno tiene una importancia creciente.
Pero, no es
sólo en la vivienda. |
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Es, además,
en el nivel de los modelos de vida familiar donde
el ocio aporta los cambios más profundos y a veces
también, más sofisticados o contradictorios, como
el denominado derecho a la pereza, quizá
una especie de antídoto a la monótona y tiránica
soberanía del trabajo profesional.
El ritmo de la vida de nuestro tiempo hace que el
ocio se integre en la familia como no se hubiera
podido imaginar ni a comienzos de este mismo
siglo.
El hogar de
nuestros días ofrece comodidades que hace de él un
lugar ideal de descanso y de recuperación; pero, a
la vez, con la proliferación creciente de los
aparatos diversivos, se convierte en un lugar de
espectáculos; no hay que salir de casa para oír y
ver cine, teatro, danza, conciertos,
manifestaciones deportivas y un sinfín de cosas
propias de un escenario tan amplio y diverso cual
es el ancho mundo.
Tales ocios
caseros han multiplicado las familias de nuestros
días las ocasiones de recreo compartido. Y por
otro lado, han permitido la evolución de las
relaciones entre padres e hijos, si es que se
comentan y discuten los temas e imágenes de cuanto
se ve y se escucha cotidianamente a través de la
radio y la televisión. |
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